Informes de lectura / Cartas a Montale – Roberto Bazlen

ISBN: 978-987-1739-22-6
Páginas: 128
Traducción Ernesto Montequin

 

Lector invicto, víctima de una pereza inagotable, Roberto “Bobi” Bazlen fue una leyenda en vida. Haciéndole una reverencia (tal era el genio que lo habitaba), supo encontrarle a esa pereza un oficio y hasta asignarle una reputación. Bazlen nació en Trieste en 1902 y leyó los mejores libros de la literatura europea de la segunda mitad de siglo –a menudo por primera vez– y les encontró sitio en el mundo editorial. Hizo algo mejor: sin llevar un diario de lecturas –su pereza era lo contrario de una pose–, contó a amigos, editores y poetas cómo estaban hechos esos libros, de qué manera lo impresionaban y, sin prejuicios académicos, qué importancia podían tener en una cartografía literaria que conocía a la perfección. En estos informes se puede leer una crítica literaria única, previa, anterior, la que permitió desarrollar el oficio de lector sin que lo avalara escuela ni carrera alguna, como ejercicio solitario y solidario, ejemplar. Las cartas a Eugenio Montale agregan una nota admirable sobre la amistad. El gran poeta le rindió un homenaje póstumo en “Carta a Bobi”: “Así se hizo de ti / una leyenda superficial y vana. Dicen / que eres un maestro no escuchado, tú / que a demasiados maestros escuchaste / y no has desconfiado de ellos. Confesor / inconfesado no podías dar nada / a quien ya no estuviera en tu camino”.

 

Taoísta (es la única definición que se le puede aplicar sin embarazo), Bazlen había aprendido de Chuang Tzu que el sabio deja siempre un rastro mínimo: anotaciones breves, ligeras –ya sea narrativas, aforísticas o epistolares–, legibles en su totalidad como apuntes de una ciencia imaginaria de la autotransformación. Una ciencia que, si existiera, no se manifestaría de forma escrita; y, dado que es imaginaria, se manifiesta por escrito del modo más discreto, casi imperceptible.
Roberto Calasso


 

Roberto Bazlen nació en Trieste en 1902, de padre alemán y madre italiana. Dio muestras de precocidad, y esta a menudo tiene que inventar cómo ser utilizada y cómo pasar inadvertida para proteger al portador. La imaginación del niño bastaba para construir, a la sombra y a escala de sus lecturas, un mundo. En su ciudad natal, Bazlen frecuentó a Umberto Saba, Italo Svevo, se hizo amigo de Eugenio Montale, Giacomo Debenedetti, Sergio Solmi, que fueron tan reales o fantasmales como los personajes de las novelas de aventuras. Vivió en Génova y en Milán. Se aficionó a pintar acuarelas. Su actividad de asesor literario o consejero editorial se afirmó después de la Segunda Guerra. Un amigo lo animó a que preparara un programa para una casa editora que estaba por fundarse, nómina que afloró parcialmente más tarde en Edizioni di Comunità. En los años siguientes, se dedicó a aconsejar libros a distintos interesados, como Bompiani y Astrolabio, pero el arreglo más duradero lo estableció con Einaudi. Se instaló en Roma, en la calle Margutta, hasta 1965, cuando, dos meses antes de su muerte, volvió a Milán. Nada publicó en vida; póstumamente, amigos y admiradores hicieron publicar, al cuidado de Roberto Calasso, los fragmentos de una novela, El capitán de altura, y los informes de lectura y las cartas a Montale, los dos últimos reunidos en este volumen.

Informes de lectura de Roberto Bazlen

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ISBN: 978-987-1739-22-6
Páginas: 128
Traducción Ernesto Montequin

 

Lector invicto, víctima de una pereza inagotable, Roberto “Bobi” Bazlen fue una leyenda en vida. Haciéndole una reverencia (tal era el genio que lo habitaba), supo encontrarle a esa pereza un oficio y hasta asignarle una reputación. Bazlen nació en Trieste en 1902 y leyó los mejores libros de la literatura europea de la segunda mitad de siglo –a menudo por primera vez– y les encontró sitio en el mundo editorial. Hizo algo mejor: sin llevar un diario de lecturas –su pereza era lo contrario de una pose–, contó a amigos, editores y poetas cómo estaban hechos esos libros, de qué manera lo impresionaban y, sin prejuicios académicos, qué importancia podían tener en una cartografía literaria que conocía a la perfección. En estos informes se puede leer una crítica literaria única, previa, anterior, la que permitió desarrollar el oficio de lector sin que lo avalara escuela ni carrera alguna, como ejercicio solitario y solidario, ejemplar. Las cartas a Eugenio Montale agregan una nota admirable sobre la amistad. El gran poeta le rindió un homenaje póstumo en “Carta a Bobi”: “Así se hizo de ti / una leyenda superficial y vana. Dicen / que eres un maestro no escuchado, tú / que a demasiados maestros escuchaste / y no has desconfiado de ellos. Confesor / inconfesado no podías dar nada / a quien ya no estuviera en tu camino”.

 

Taoísta (es la única definición que se le puede aplicar sin embarazo), Bazlen había aprendido de Chuang Tzu que el sabio deja siempre un rastro mínimo: anotaciones breves, ligeras –ya sea narrativas, aforísticas o epistolares–, legibles en su totalidad como apuntes de una ciencia imaginaria de la autotransformación. Una ciencia que, si existiera, no se manifestaría de forma escrita; y, dado que es imaginaria, se manifiesta por escrito del modo más discreto, casi imperceptible.
Roberto Calasso


 

Roberto Bazlen nació en Trieste en 1902, de padre alemán y madre italiana. Dio muestras de precocidad, y esta a menudo tiene que inventar cómo ser utilizada y cómo pasar inadvertida para proteger al portador. La imaginación del niño bastaba para construir, a la sombra y a escala de sus lecturas, un mundo. En su ciudad natal, Bazlen frecuentó a Umberto Saba, Italo Svevo, se hizo amigo de Eugenio Montale, Giacomo Debenedetti, Sergio Solmi, que fueron tan reales o fantasmales como los personajes de las novelas de aventuras. Vivió en Génova y en Milán. Se aficionó a pintar acuarelas. Su actividad de asesor literario o consejero editorial se afirmó después de la Segunda Guerra. Un amigo lo animó a que preparara un programa para una casa editora que estaba por fundarse, nómina que afloró parcialmente más tarde en Edizioni di Comunità. En los años siguientes, se dedicó a aconsejar libros a distintos interesados, como Bompiani y Astrolabio, pero el arreglo más duradero lo estableció con Einaudi. Se instaló en Roma, en la calle Margutta, hasta 1965, cuando, dos meses antes de su muerte, volvió a Milán. Nada publicó en vida; póstumamente, amigos y admiradores hicieron publicar, al cuidado de Roberto Calasso, los fragmentos de una novela, El capitán de altura, y los informes de lectura y las cartas a Montale, los dos últimos reunidos en este volumen.